Parece ser
que las cosas que huelen a realidad, en
verdad, solo son perfumes sin materia ni músculos.
El hecho de que
la mujer que amo posea olor a magnolia y músculos palpables en sus piernas, es
solo una coincidencia que nada tiene que ver con la realidad.
También es
casualidad, cuando me invita a olfatear humos, se dibujan humaredas que
urdimbran el espacio vacío,- tan vacío como la panza de una gaviota hambrienta-.
Pero conectando todo de una manera que no intento explicar ahora.
Cuando los
pensamientos van desapareciendo, y después que todo sedimenta, va quedando lo real, se parecería a lo que
queda tras la muerte, según comentan los muertos, que son mudos en su mayoría. Los pianistas
vivos también lo han descubierto y lo han expuesto con claridad sin usar la
boca.
Han buscado,
apagar el demonio solo mirándolo, y les ha ido bien. El demonio huye como si
tuviera pudor y vergüenza. El testigo de la consciencia no hace nada más que
observar, una andanza que alterna entre pisar lo vacante y lo atosigado. Lo
exangüe se llena de danza y vida. Las ideas ahora son reales y dulces, y la
muerte ya no existe. Ha sobrevivido lo único que puede sobrevivir, lo
importante, como el beso inmortal que no olvidas nunca.
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